
Saqué el libro de la biblioteca de la Universidad como lectura de verano. Al entrar en la sala de prestamos de la biblioteca te das de sopetón con una estantería repleta de novela y ensayo, un hilito de luz que pone sombras a la docena y pico de armarios que, repletos de manuales de ingeniería, invaden el resto de la estancia. A la estantería 0-32/ le echo una ojeada siempre que puedo, con la esperanza de encontrar novedades interesantes o simplemente para revisar la multitud de sugerencias que, a modo de anzuelos donde picar, contiene . El libro asomaba tímido entre obras de Amos Oz, García Márquez y Milan Kundera, ajado por el paso de decenas de manos y miradas, con la palabra "Nada" escrita a modo de imán en el lomo. Al ojearlo, me vino a la cabeza un antiguo anuncio de televisión que promocionaba una recopilación de los Premios Planeta y terminaba rezando la siguiente cantinela: "Con el número 1, 'Nada', de Carmen Laforet". La promoción, con 20 años de retraso, tuvo en parte su efecto, y me lo llevé a casa.
Me pareció un libro muy bello y muy duro y, no sé porque, intuí rasgos autobiográficos de la autora en la protagonista de la novela. Sólo después he sabido que dicha asociación no iba mal encaminada.
Las notas biográficas sobre Carmen Laforet cuentan que después de ganar el Premio Planeta en 1944 con esta novela, no terminó de encontrarse a gusto ni en su vida familiar ni en su faceta de escritora. Sobre esto último, hoy 'El País' trae una noticia (y motivo de esta entrada en el blog), pues su hija Cristina Cerezales está a punto de publicar un libro sobre su madre en el que, entre otras cosas, cuenta sus avatares personales y profesionales. Pero lo más interesante es que tirando del hilo he encontrado un magnífico artículo publicado por Fernado Valls en el mismo periódico con motivo del fallecimiento de Carmen Laforet en 2004 y que profundiza sobre el carácter de la escritora. El artículo termina así:
"Tiendo a pensar que quizá la historia literaria de esta mujer sea más sencilla de lo que se dice. Es muy probable que todo en su existencia se produjera de manera mucho más natural: una chica joven escribe una novela tan curiosa como inquietante, luego se casa, tiene varios hijos, se convierte al catolicismo para abandonarlo poco después, publica otros libros que no cubren las expectativas, por lo que decide no publicar nada hasta estar convencida de su calidad, cosa que no llega a producirse. Quizá lo único extraño -tal como están hoy las cosas cuesta trabajo entenderlo- estribe en esa sensatez y exigencia inusuales de que hizo gala al reconocer su incapacidad para alcanzar de nuevo ese arte sincero, humilde y verdadero al que aspiraba con tanto afán”.
Como las explicaciones sencillas suelen ser las más acertadas, pienso que Fernando Valls no debía ir muy desencaminado con su hipótesis. Como dice la canción “todo tiene quien todo da” y Carmen Laforet lo dio todo con ‘Nada’. Y para un servidor esto es más que suficiente.

Compré Nada en el verano del ´94 en Inglaterra, estando de visita en casa de Albert, el profe de física de 2º. Allí la leí. Durante la lectura pasó unos días también de visita el inconmensurable rey de la termodinámica de 2º, cuyo nombre no recuerdo -santo dios, imperdonable-. La leí sin tener ni idea de lo que leía, sin saber nada de ella. Años más tarde leí acerca de su vida, cosas parecidas a las que tú comentas aquí.
ResponderEliminarLa recuerdo bella, inquietante, desoladora. Imposible que no fuera autobiográfica.
Mi libro anda ahora en Barna, en manos de Ana, que allí vive ahora. Cuántos círculos.
El Rey no era otro que Enrique Abad.
ResponderEliminarEso es, Enrique Abad, y su librito ruso de Termodinámica. D.E.P.
ResponderEliminarY el de Física era Albert Gras.
Creo que nunca lo he dicho tan abiertamente, pero nunca he entendido la Física -o casi nada-. A estas alturas, habrá que empezar a admitirlo.